miércoles, 17 de abril de 2013

Yo tengo derecho ...

Estamos en crisis, "todo esta mu ma" como diría otro, etc. Pero la gran pregunta es; ¿que hacemos nosotros para salir o por lo menos paliar la crisis?
 
Fuente: XLSemanal, Columna "PATENTE DE CORSO" - Autor: Arturo Pérez-Reverte

La tienda de mi amigo

Tengo un amigo que regenta un pequeño comercio tradicional en el centro antiguo de Madrid. Un barrio viejo, castizo, donde la crisis económica, como en todas partes, ha golpeado fuerte en los últimos años, dejando, como paisaje después de la batalla -una batalla que está lejos de terminar-, innumerables tiendas cerradas a modo de cadáveres. Jalonando así años de imbécil incompetencia oficial y también, a veces, de imbécil irresponsabilidad ciudadana particular. Como la mayor parte de sus colegas de la zona, mi amigo se lamenta cada vez que entro en su tienda y pregunto cómo van las cosas. A veces se limita a señalar la tienda vacía de clientes, los escaparates de los comercios vecinos que ofrecen saldos desesperados, o con el cartel Se traspasa muestran estantes vacíos y cristales polvorientos. Mi amigo, que era votante de izquierdas, acabó votando a la derecha en los últimos años del Pesoe y ahora ya no sabe a quién diablos votar. Son todos igual de hijos de puta, me dice. La totalidad del arco parlamentario y la madre que lo parió. Luego cuenta que hace tiempo que no puede pegar ojo por las noches. Tengo cincuenta y cuatro años, subraya. Mucha tela por delante. Y sólo esta tienda para vivir y dar de comer a mi familia. Y por primera vez en mi vida me preocupa la vejez. No sé cuánto tiempo podré aguantar así. Hoy sólo han entrado tres personas en la tienda y ninguna compró nada. Estoy asustado. Te lo juro. Tengo verdadero miedo.
Le comento que el sábado pasado vine a comprar algo para un regalo, y la tienda estaba cerrada. «Es que los sábados por la tarde cierro», dice. Le pregunto por qué lo hace, si precisamente ese día es cuando más gente se mueve por el centro de la ciudad. Cuando más público pasa por delante de su tienda. Y su respuesta me deja pensativo: «Es que yo también tengo derecho». Derecho a qué, pregunto tras unos segundos para digerirlo. «A descansar como todo el mundo -dice-. El mismo que tienes tú». Le respondo que, en primer lugar, yo trabajo de ocho a diez horas diarias todos los días de la semana, pero que ésa no es la cuestión. El asunto es que hay quienes pueden permitirse no trabajar día y medio a la semana, si quieren; pero ése no es su caso. No, desde luego, en la angustiosa situación que me describe cada vez que entro en la tienda. No con la crisis, la escasez de clientes, la necesidad urgente, en tiempos como éstos, de romperse los cuernos para arañar sustento a la vida.
Le digo todo eso, más o menos. Con términos adecuados para un amigo. Y añado que las palabras «tengo derecho» pueden ser engañosas. Uno tiene derecho a todo, naturalmente. Pero sólo cuando puede permitírselo. Cuando está a su alcance. Yo también tengo derecho a pasar un año leyendo y viendo pelis, navegar el Mediterráneo sin dar golpe, tener una villa en la Toscana o moverme por Madrid en un Rolls Royce con chófer. Pero no me lo puedo permitir, así que me olvido de ello. Todos tenemos derecho a pasar unas vacaciones en el Caribe, a una segunda casa en la playa, a una Harley Davidson, a cenar en Le Grand Véfour con George Clooney o Mónica Bellucci. Pero de ahí a poder media un trecho. Y en tu caso, le digo a mi amigo, tal y como están las cosas, tu derecho a cerrar la tienda los sábados por la tarde, en una calle peatonal y justo a quinientos metros del Corte Inglés, resulta más difícil de ejercer. «Pues abre tú la tienda», responde, algo picado. Yo no tengo tienda que abrir un sábado por la tarde, respondo. Pero tú sí la tienes, y vives de ella. Y ese día eliges descansar. Eres muy dueño. Pero en tal caso deberías matizar la queja. Por otra parte, añado, no eres el único. Prueba a encontrar, por ejemplo, un quiosco de prensa abierto un domingo a partir de medio día. Verás qué risa. ¿Y sabes lo que te digo? Si esta infame crisis hubiera estallado en tiempos de nuestros padres, que ésa sí fue una generación lúcida, sacrificada y admirable, ellos habrían tardado poco en mandarnos a trabajar a la pescadería de la esquina, para llevar dinero a casa. Y por cierto -recuerdo, de pronto-. Tienes un hijo, ¿verdad? Un mocetón de veinticuatro tacos que aún no ha terminado la carrera, y que cuando la termine irá directamente al paro. Vive en tu casa, come y duerme en ella. ¿Por qué no le dices que venga los sábados por la tarde y se encargue de la tienda?... «La tienda no le gusta -responde mi amigo-. Además, si lo planteo, mi mujer me mata». Me lo quedo mirando, encojo los hombros y sonrío, convencido. Pues eso mismo, comento. Pues eso. 
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Fuente: elmundo.es, columna GUANTÁNAMO - Autor: Salvador Sostres

Dos tiendas de Barcelona

Barcelona. Zona alta. Calle Pau Casals. Entro con mi hija en una de estas tiendas modernas de juguetes que tienen un poco de todo, incluida una pequeña barra donde sirven refrescos, cafés y algunas pastas. Faltan diez minutos para las 8 de la tarde, la dependienta me pregunta si me puede ayudar y le pido un café. Me responde que no me lo va a hacer porque ya ha limpiado la máquina. Abandono inmediatamente la tienda sin realizar la compra que tenía pensada. Si ya has limpiado la máquina, la vuelves a limpiar, y más dentro del horario reglamentario. ¿Dónde iremos a parar? Un cliente es un cliente y hay que haberse quedado realmente sin opciones para negarle algo.
Nos reunimos con mi mujer al cabo de pocos minutos y paseamos hasta la calle inmediatamente paralela, Calvet, donde se encuentra la tienda de ropa Pimienta Rosa, de la que es clienta. Las luces están todavía encendidas pero el cartel dice claramente que cierran a las 8 y son ya las 8 y cuarto. Cuando estamos dando media vuelta para marcharnos aparece la propietaria, que sale con unos cartones del almacén situado al fondo de la tienda. Con la mejor de sus sonrisas nos abre la puerta y cuando le decimos que no se preocupe que ya hemos visto que ya ha cerrado, nos responde que de ninguna manera, que el cartel está equivocado y que cierra a las 20:30, lo que sin duda no es así pero lo dice por no hacernos sentir incómodos.
Entramos, una de las dependientas se pone a jugar con la niña y mi mujer se prueba lo que la propietaria le sugiere y acaba comprándoselo prácticamente todo. Cuando salimos son exactamente las 9. Cerraban a las 8, estoy convencido, y en una hora esta señora ha dado una lección de cómo se vende. De cómo los horarios de una tienda importan mucho menos que los horarios de sus clientes, de cómo se hace sentir cómodo a alguien para que esté a gusto comprándose ropa o lo que convenga. Una lección, también, de profesionalidad, de saber elegir con gusto la ropa que tienes en la tienda y con criterio la que le sugieres a cada clienta dependiendo de sus características. Es una lección compacta, total, magistral, maravillosa. Así se hacen las cosas.
Nos hemos acomodado tanto, nos hemos acostumbrado a dar tan poco y a creer que a todo teníamos derecho y que todo lo teníamos asegurado, que hasta una empleada se ve con fuerzas de decirle a un cliente que no le va a servir un café cuando todavía falta un cuarto de hora para cumplir el horario -y aunque fuera la hora exacta. España lleva 5 años en recesión, tiene el 25% de paro, pero no importa porque esta chica ya había limpiado la máquina.
La propietaria de Pimienta Rosa, precisamente porque es propietaria -y también porque es inteligente, claro- conoce la fragilidad del momento y la dificultad que muchos están teniendo para salir adelante. Nos hemos ido una hora más tarde, pero si hubieran sido dos, igualmente nos habría atendido e igual de encantada, porque sabe que el cliente es sagrado y que vender es un oficio que requiere estar siempre a la altura de las circunstancias.
La chica de la máquina del café, en resumen, es la explicación de por qué estamos en crisis, y la señora propietaria de la tienda de ropa es el relato de cómo vamos a superarla. And all the rest is slience.
  

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