domingo, 1 de junio de 2014

Alfonso X, Rey de Castilla y León

Tal día como hoy de 1252 fue proclamado como Rey de Castilla y León a Alfonso X, un día después de la muerte de su padre Fernando III, el Rey Santo.

Alfonso X, Rey de Castilla y León (1221-1284)

Rey de Castilla y León (1252-1284) nacido en Toledo el 23 de noviembre de 1221 y muerto en Sevilla el 4 de abril de 1284. Se trata del prototipo de monarca letrado en la Edad Media hispana, y aun europea.

Vida


Alfonso fue el hijo primogénito del matrimonio habido entre Fernando III el Santo, y Beatriz de Suabia, cuya boda se había celebrado dos años antes. Por el linaje materno, Alfonso estaba emparentado con las dinastías imperiales de Alemania y de Bizancio, lo que en un futuro serviría para presentar su candidatura al trono germánico. Apenas transcurridos quince meses de su nacimiento, el 21 de marzo de 1223, el infante viajó a Burgos para ser jurado heredero por las cortes del reino. Aunque gran parte de los estudios sobre la figura de Alfonso X insisten en destacar que su formación letrada tuvo lugar durante su infancia, realmente se conocen pocas noticias de la niñez del monarca, ausencia mucho más lamentable en cuanto estos años de formación serían decisivos en el devenir cultural de su vida. Más preocupado su padre, Fernando III, en aquilatar su proyecto político como rey de León, la persona que más influencia habría de ejercer en los primeros años del Rey Sabio fue su abuela, la reina madre Berenguela. Bajo su admonición, y como era costumbre en la Castilla medieval, al infante le fue asignado un ayo, García Fernández, señor de Villadelmiro y Celada, que anteriormente había sido mayordomo de la reina madre. En los señoríos gallegos de García Fernández fue donde se crió el infante Alfonso, en compañía de Juan García, hijo de su ayo, que más tarde se convertiría en uno de sus más destacados colaboradores. Se comprende así, pues, que el monarca utilizase la lengua gallega para sus composiciones poéticas, pues se había familiarizado con ella desde pequeño.

Tal como solía ser habitual en la época, el infante Alfonso veló sus primeras armas a edad muy temprana, concretamente en 1231, cuando participó en la campaña militar castellana, encabezada por Álvar Pérez de Castro y el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, contras las tropas musulmanas del reyezuelo taifa de Murcia, Ibn Hud. La lucha tuvo lugar en las cercanías de Jerez de la Frontera, y el propio monarca, en el episodio que dedicó a esta batalla en la Primera Crónica General, ha transmitido minuciosas noticias acerca de su bautismo de fuego. No obstante, no puede aseverarse con certeza el que después de esta actuación bélica el infante Alfonso participase en otras, principalmente en la conquista de Córdoba (1236). Sí se sabe que aproximadamente por la misma época Fernando III había comenzado la búsqueda de una princesa para casar a su primogénito, primero Blanca de Champagne y de Navarra, y después Felipa de Ponthieu, hermana de Juana, que se convertiría en reina de Castilla al casarse con ella Fernando III, viudo (1235) de Beatriz de Suabia. La muerte de su madre marcaría un hito importante en la personalidad del infante Alfonso, que ya se había convertido en un príncipe adolescente; en efecto, las rentas que le había donado su padre sobre algunas ciudades castellanas (Salamanca y Alba de Tormes, entre otras), le permitían disponer de una corte principesca de primer orden, en la que además de Juan García, su compañero de infancia, también se encuadraban otros hidalgos castellanos, como el magnate Nuño González de Lara; de igual forma, se tiene constancia de que en los últimos años de su periplo como infante heredero, Alfonso estuvo acompañado de un preceptor que influiría sobremanera en el carácter del futuro Rey Sabio como legislador: el italiano Jacobo de Junta, más conocido como Jacobo de las Leyes por su principal obra, las Flores del Derecho, un pequeño compendio de normas que el jurista dedicó a su discípulo y que fue muy usado en la Edad Media hispana como referencia básica de estudio.

A la par que su formación literaria y erudita, el joven Alfonso se convirtió en la mano derecha de su padre el rey en asuntos militares. En 1242 fue nombrado alférez real, oficio que estrenó de la manera inherente un año más tarde, cuando fue encargado por su padre para llevar a cabo la incorporación del reino de Murcia a la corona de Castilla. El hijo de Ibn Hud, acosado por los otros reyes taifas, se declaró vasallo de Castilla, lo que obligó al infante Alfonso a encabezar las tropas y dirigirse a la frontera para tomar posesión del territorio. Los habitantes de algunos lugares, como Lorca, Mula y Cartagena, se resistieron a cumplir la orden del rey taifa, lo que obligó a los castellanos a utilizar las armas. En 1244, como colofón de oro a esta intervención, sería el propio infante el que, en nombre de su padre, firmaría con el rey de Aragón, Jaime I el Conquistador, el tratado de Almizra, mediante el que castellanos y aragoneses pactaban unos nuevos límites de expansión territorial. Después de asentar la conquista de Cartagena (1245), Alfonso corrió a socorrer a su padre, que se hallaba en el asedio de Jaén, ciudad que también cayó en 1246. Ambas operaciones fueron el antecedente previo a la gran conquista de Sevilla, a la que asistió el infante comandando un importante grupo de tropas de refresco en el año 1248. No permaneció demasiado en la recién conquistada ciudad, ya que viajó hacia Castilla para hacer efectivo el compromiso matrimonial adquirido por su padre en 1243, mediante el cual el joven Alfonso se casaría con la princesa doña Violante de Aragón, hija de Jaime I el Conquistador. Es significativo que Fernando III, aquejado de varios problemas de salud, no acudiera al enlace en Valladolid (1249), lo que motivó que, apenas pasados unos días, el infante Alfonso regresase a Sevilla para asistir a los últimos momentos de vida de su padre. Las relaciones entre ambos se habían deteriorado en los últimos tiempos, debido a la intervención de Alfonso a favor de Sancho II de Portugal, que había sido desposeído del reino por el papa a favor de su hermano, el futuro Alfonso III de Portugal. El ímpetu del infante castellano pudo más que el consejo paterno y la intervención, aunque baldía en el plano territorial, sirvió para afirmar la ideología de expansión castellana que Alfonso iba muy pronto a poner en práctica.
 

Primeros años de reinado

El 1 de junio de 1252, horas después del fallecimiento de su padre, Alfonso X fue proclamado rey de Castilla y de León. Heredaba un reino en buena disposición política, una vez llevada a cabo la pacífica unión de las noblezas de Castilla y León en la integración del segundo por el primero, y también un reino en clara trayectoria de expansión territorial hacia el sur, donde los territorios que no habían sido conquistados habían sido sometidos a tutela bajo el acostumbrado pago de un tributo, las parias. Pese a ello, las primeras cortes convocadas por el Rey Sabio, en Sevilla durante el mismo año de 1252, estuvieron presididas por la crisis económica que azotaba al reino. El nuevo monarca se esforzó en poner coto a la política inflacionista promoviendo un mayor control de los gastos suntuarios; asimismo, también confiaba en que el repartimiento de Sevilla, cuyos flecos todavía quedaban pendientes, ayudaría al reino a salir de la inestabilidad económica a la que las conquistas militares habían abocado.

En un plano más personal, es obligado destacar que el carácter de Alfonso X como monarca autoritario también se dejó ver desde los primeros momentos de su reinado, desde el mismo instante de su acceso al trono. La extensa parentela dejada por su padre, Fernando III, amenazaba con convertirse en un problema si, como en tiempos pasados, parte de la familia real se ponía en contra del monarca. De ahí que Alfonso X resolviera ejercer una estrecha vigilancia en las posesiones de su hemanastro, el infante don Enrique, y sobre su madrastra, Juana de Ponthieu. El control y el dominio absoluto del rey sobre las posesiones de la Corona comenzó a ser una máxima dentro del ideal alfonsino de poder monárquico. De forma paralela, durante los primeros tiempos de su reinado, concretamente en los dos años que el monarca residió en Sevilla (hasta 1254), comenzó a hacerse notar el florecimiento de una próspera corte literaria y musical, formada por jóvenes caballeros de la misma generación que el rey, como el trovador portugués Gonzalo Eanes do Vinhal o los trovadores Per Amigo de Sevilla y Men Rodríguez Tenorio. Este relevo generacional en el seno de la corte también alcanzó a los cargos y oficios de la monarquía, que fueron copados también por jóvenes como Ruy López de Mendoza o Rodrigo González Girón; todos ellos llegarían a ser estrechos colaboradores de la política alfonsí.
 

Gobierno de Castilla
Conforme a los postulados paternos, Alfonso X continuó con la reconquista de los territorios del sur que habían permanecido en manos de los musulmanes a través de dos caminos: la fuerza militar o la negociación para convertir en tributarios a los reyezuelos islámicos. A principios de 1253 logró que el rey de la taifa de Niebla se declarase su vasallo, a lo que siguió una campaña militar para conquistar las villas de Tejada y de Jerez de la Frontera. Ocupada esta última a finales de 1252, después de que los musulmanes se hubiesen alzado contra Castilla tras la muerte de Fernando III, Alfonso X estuvo en disposición de realizar el viejo sueño de su padre, como fue la realización de una cruzada contra el norte de África. Así, la actividad de construcción de barcos y operaciones destinadas a la cruzada comenzó de forma frenética, incluido el nombramiento de un nuevo almirante, Ruy López de Mendoza, y la petición al papa de una bula de cruzada ante Alejandro IV, con quien el rey castellano mantenía unas excelentes relaciones. En 1257 comenzó la ocupación de Puerto de Santa María y de Cádiz, poblaciones que se convertirían en bases de la política atlántica del Rey Sabio quien, amparado en la bula de cruzada, ordenó diversas expediciones contra ciudades norteafricanas, como Taount (1257) y Salé (1260). El interés de Alfonso X en mantener abierto el frente norteafricano respondía tanto a la necesidad de aquilatar su proyecto político interno, esto es, evitar que el norte de África se convirtiese en origen de intervenciones musulmanas en la península ibérica, pero también (y a veces mucho más importante), el Rey Sabio vio en la guerra contra el infiel una importantísima baza propagandística para aquilatar su candidatura al trono imperial.

Como plasmaría en sus obras jurídicas, fue Alfonso X un férreo defensor de la hegemonía del reino de Castilla y León en la Península Ibérica, En este sentido, el monarca fomentó la idea imperialista en su propio reino (rex est imperator in regno suo), de tal forma que convirtió la antigua idea imperial de Alfonso VII en suya, modificándola y renovándola con nuevos bríos. La mayoría de analistas actuales de su reinado concuerdan en aceptar que la empresa imperial del Rey Sabio iba encaminada no sólo a poseer el prestigio que tal dignidad suponía en la época (es decir: la máxima dignidad temporal), sino también a reforzar el ideal autoritario de Alfonso X en su propio reino y en los inmediatamente colindantes. La obra legislativa alfonsí, el Espéculo, las Siete Partidas y el Fuero Real, representa el primer intento de acabar con el sistema feudovasallático por el que se regían las antiguas monarquías feudales, evolucionando hacia lo que más adelante se conocerían como Estados Modernos.

Otro punto importante en el pretendido autoritarismo de Alfonso X subyace en la relación entre el rey y la nobleza. El Rey Sabio pretendió ejercer un papel preponderante, no permitiendo el más mínimo margen de maniobra a la clase aristocrática en cuanto a posición de poder se refiere. Por ello, el monarca tuvo que salvar numerosos intentos de sublevación, como el llevado a cabo entre 1254 y 1255 por Diego López de Haro, señor de Vizcaya, quien al verse desplazado del oficio de alférez por el rey en favor de Nuño González de Lara, promovió una revuelta en la que utilizó al infante Enrique como arma arrojadiza, pretendiendo (al menos en teoría) instalarle en el trono en detrimento de Alfonso X. Las huestes legitimistas derrotaron a los rebeldes cerca de Lebrija en el otoño de 1255, poniendo así fin a esta primera intentona nobiliaria por cercenar la autoridad de Alfonso X. Sin embargo, como se verá más adelante, no sería la última.
 

Política exterior: el sueño imperial

Al igual que en sus propios reinos, Alfonso X siempre mantuvo una actitud expansionista con respecto a la política exterior, de acuerdo con la idea que más tarde plasmaría en su obra legislativa acerca de la preeminencia del rey en su territorio (rex est imperator in regno suo) y sobre la expansión territorial como vía de demostrar cuán amplio era el poder de un monarca. De esta forma, la relación de Castilla con las monarquías de la época estuvo caracterizada por los ímpetus expansionistas del reino peninsular. Ya se ha visto anteriormente cómo, siendo todavía infante, Alfonso había protagonizado una lucha contra Portugal; a pesar de que Alfonso X firmó como rey un tratado de paz con Alfonso III de Portugal, Castilla incorporó el territorio del Algarve en 1253. Poco más tarde, aprovechando la debilidad de la monarquía navarra tras la muerte de Teobaldo I, Alfonso X hizo fuerte su pretensión de acceder a los territorios gascones que habían formado parte de la dote de su bisabuela, la reina Leonor de Aquitania, con el objetivo de presionar al reino de Navarra. El monarca inglés, Enrique III, firmó un acuerdo con el Rey Sabio en 1254 mediante el cual se aseguraba la fidelidad de Gascuña a los Anjou británicos, pero a cambio el rey castellano se aseguraba la alianza inglesa en caso de intervención en Navarra. El sello a este compromiso, tal como era tradicional en la época, lo puso el matrimonio entre la infanta Leonor, hermana de Alfonso X, y el príncipe Eduardo, heredero del trono inglés. Desde entonces, y a pesar de la intervención aragonesa, Alfonso X instauró lo que algunos historiadores han denominado como "protectorado" castellano en el reino de Navarra, intentando neutralizar la influencia francesa en el reino pirenaico peninsular.

Sin embargo, el frente político más agudo lo mantuvo el Rey Sabio con respecto a su intento de ser coronado emperador, ese fecho del imperio, como se denominaba en la época y como el propio Rey Sabio lo llamó en sus crónicas. Federico II había fallecido en 1250 y las malas relaciones mantenidas entre el linaje germano imperial, los Staufen, y el papado hacían que la futura elección imperial se presentase bastante desfavorable a los descendientes de Federico II. Guillermo II de Holanda se había proclamado emperador y rey de romanos, pero no era unánimemente aceptado, en especial por Roma. En esta tesitura de lucha continua, y tras la muerte del pseudo emperador holandés, en el mes de marzo de 1256 llegó a Castilla una embajada encabezada por el síndico de Pisa, Bandino Lancia, en la que la república italiana promovía como candidato al trono imperial a Alfonso X. El animoso monarca castellano aceptó la oferta halagadísimo, como es lógico suponer, a pesar de que en el terreno material y político todavía quedaban muchas incógnitas que despejar.

En 1257, el rey de Bohemia, Ottokar II, comunicó al resto de electores que los candidatos que optarían al trono eran el monarca castellano y Ricardo de Cornualles, hemano de Enrique III de Inglaterra. Ni que decir tiene que las hasta entonces excelentes relaciones mantenidas institucionalmente entre castellanos y británicos procedieron a enfriarse, lo que, a su vez, significó que Alfonso X se decantase por aliarse con Francia, pensando que ello, además de sus buenas relaciones con Alejandro IV, servirían para acceder a la tan ansiada dignidad. La empresa comenzó a verse favorable cuando el papado promovió su candidatura al ducado de Suabia, vacante por la muerte de Conrado IV, a la que el monarca castellano presentó sus indudables derechos por parte materna. Poco después, en mayo de 1257, cuando Ricardo de Cornualles se hizo coronar en Aquisgrán como emperador sin el placet de Roma, Alfonso X comenzó una política de enfrentamiento contra el otro candidato, a priori con el consentimiento del papado; pero, en realidad, el monarca castellano fue víctima del doble juego de Roma, que intentaba dividir al bando gibelino e imponer su criterio en la elección.

Además, téngase en cuenta que la empresa imperial exigía un enorme esfuerzo económico al reino de Castilla, lo que motivó que la impopularidad del Rey Sabio fuese en alza, debido al incremento de impuestos, tasas y subsidios solicitados a las Cortes para mantener un fecho del imperio que, con el caminar del tiempo, se revelaba como altamente imposible. Pese a ello, la política exterior de Alfonso X consiguió algunos éxitos que pusieron de relieve el carácter europeísta del monarca, como las alianzas con los duques de Borgoña y Lorena, con el conde de Flandes e incluso el tratado de amistad entre Castilla y el lejano reino de Noruega, firmado en 1257 y mediante el cual el infante don Felipe, hermano del rey, casaría con la princesa Cristina de Noruega. Otros episodios igualmente sintomáticos de esta amplitud de miras de quien se consideraba a sí mismo como el más idóneo candidato a emperador fue la ayuda prestada a María de Brienne, emperatriz cristiana de Constantinopla, para recuperar a su hijo, cautivo por los venecianos, así como las embajadas que el Rey Sabio recibió por parte del sultán de Egipto. Obviamente, la afición del rey por la astronomía debió de desempeñar un papel predominante en estos contactos, ciencia en la que los musulmanes egipcios eran auténticos maestros. También cabe inscribir en estos planes imperiales la boda entre el infante heredero, Fernando de la Cerda, con Blanca de Francia, hija de Luis IX, celebrada en Burgos en 1269, hecho que consolidó la alianza franco-castellana. Por ello, a pesar de los reveses continuos que recibiera en el plano político el fecho del imperio, no cabe duda ninguna del cosmopolitismo y la solvencia de Alfonso X como candidato imperial. La última oportunidad alfonsí tuvo lugar en 1272, con la muerte de Ricardo de Cornualles; a pesar de encontrarse en plena rebelión de su nobleza y a pesar de que los benimerines norteafricanos habían comenzado la invasión del sur de España, Alfonso X viajó hacia Roma acompañado de un notable séquito y con el apoyo de Francia, Inglaterra y parte de Italia, pero todo fue en vano, ya que el pontífice Gregorio X se decidió, en 1273, por Rodolfo de Habsburgo como emperador de Alemania. La Iglesia conseguía apartar a los Staufen del poder en Alemania y finalizar el período denominado como Gran Interregno (1250-1273). Obviamente, se acababa el sueño imperial para el monarca castellano, que rápidamente tuvo que centrarse en la alta impopularidad que le había acarreado el desgaste económico de su reino en pos de la corona imposible.
 

Problemas internos

En el devenir de la política norteafricana de Alfonso X se cruzó el problema de los mudéjares, es decir, la población musulmana que vivía en zonas recientemente conquistadas por los cristianos. En principio, cabe decir que el rey castellano había respetado escrupulosamente a las minorías según lo pactado en las capitulaciones; pero la ocupación de Jerez y la reconstrucción de Cádiz comenzó a poner difícil la convivencia entre pobladores de ambas religiones. Entre 1261 y 1262, Alfonso X tomó Niebla y comenzó la repoblación de Cádiz, lo que conllevó también la expulsión de los musulmanes de Écija (1263) y, principalmente, la ocupación del antiguo reino de Niebla. El Rey Sabio supo calmar la preocupación del monarca portugués, Alfonso III, renunciando al Algarve en favor del infante Dionís, nieto del rey castellano, en diversos tratados firmados entre 1263 y 1267. En este período de tiempo fue cuando los mudéjares se sublevaron en Jerez, Medina Sidonia, Alcalá de los Gazules, Vejer y Murcia, alcanzando un éxito inicial debido a que los intereses del Rey Sabio se encontraban todavía en el fecho del imperio. La reacción comenzó en 1264 y finalizó en 1269, en la que la mayor parte de musulmanes fueron expulsados de sus territorios y el monarca dictó severas leyes contra el establecimiento de mudéjares, disipando así la amenaza de nuevas rebeliones pero causando un grave quebranto económico en todas esas regiones porque nadie tomó el relevo del papel económico que desempeñaban los mudéjares en el campo agrario. El propio rey dirigió personalmente la reordenación territorial y social del reino de Murcia, donde permaneció entre 1271 y 1272. Cabe señalar también que con ocasión de estas reformas en Murcia, se hizo visible la mejora sufrida en la relación personal entre Alfonso X y su suegro, el rey de Aragón Jaime I, que también aconsejó y fue partícipe en esta reorganización tras la revuelta mudéjar.

En 1268 Alfonso X convocó Cortes en Jerez de la Frontera, donde se llevó a cabo una rigurosísima reforma fiscal y salarial, con una minuciosidad de tal calibre que algunos historiadores, como Claudio Sánchez Albornoz, han denominado a los planes del Rey Sabio "economía dirigida", ya que el esfuerzo por acabar con la crisis económica que azotaba el reino, interpretándolo conforme a los postulados políticos que defendió siempre el monarca, le llevaron a realizar un minucioso seguimiento de tasas, salarios, servicios, pesos, medidas, monedas... El intento de racionalizar la economía no dio los resultados apetecidos, pero cabe señalar que se trató de una estrategia económica que pudo frenar en parte la tremenda crisis, tanto coyuntural como estructural, que se vivía en el reino. Sin embargo, el desgaste sufrido por el monarca, debido principalmente a su voluntad autoritaria, iba a desencadenar una cadena de desastres a partir de 1272 que barnizarían de tristeza y de desencanto el último decenio de su gobierno.
 

Rebelión nobiliaria e invasión musulmana
Mientras Alfonso X se hallaba solucionando los problemas que la revuelta mudéjar había causado en Murcia, parte de la nobleza celebró una reunión nobiliaria en Lerma, a la que incluso acudió el infante don Felipe, hermano del rey. Como ya se ha visto anteriormente, no era la primera vez que la nobleza pretendía realizar un golpe de efecto contra la política alfonsí, pero en esta ocasión la fuerza de los conjurados en Lerma era amplísima, pues entre ellos, además del infante don Felipe, se encontraban los grandes nobles del reino, en especial los linajes de Lara, Haro y Castro. Dejando aparte algunos problemas de tipo personal y algunas reclamaciones de índole económica (lo gravoso de los gastos por el fecho del imperio), el principal problema estribó en el rechazo de los nobles hacia el Fuero Real, código legislativo alfonsí que había sido impuesto por el monarca no sólo en sustitución de los antiguos fueros de las villas y poblaciones, sino también como ley máxima en regir las relaciones feudo-vasalláticas del rey con sus súbditos. La tan medieval figura del rey como primus inter pares fue modificada por el Rey Sabio merced a la implantación del Fuero Real, lo que hizo a la nobleza movilizarse en contra de esta nueva ley, pero sobre todo para mantener vivas sus aspiraciones a intervenir en el poder del reino y a consolidar las cuotas de poder conquistadas a lo largo de los tiempos.

La Crónica de Alfonso X constituye la fuente básica para conocer todos los farragosos y múltiples detalles de esta rebelión, además del estudio clásico de Ballestero Beretta sobre Alfonso X, que desgrana punto por punto los enfrentamientos entre monarca y nobleza. Resumiendo los hechos, tras la junta nobiliaria de Lerma el monarca se limitó a enviar a algunos de sus agentes, como Fernán Pérez, deán de Sevilla, puesto que el fallecimiento de Ricardo de Cornualles, su enemigo en la carrera imperial, parecía abrir de nuevo las posibilidades de acceso al trono. Cuando las noticias del deán sevillano fueron más alarmantes, Alfonso X se decidió a visitar Castilla, aunque sin precipitación. Finalmente, llegó a Burgos en septiembre de 1272, donde celebró diversas audiencias y atendió a las quejas de sus nobles. Visiblemente preocupado por llegar a un pacto rápido que le permitiera ocuparse de la renacida esperanza imperial, accedió a la gran mayoría de peticiones de los nobles, en especial la de que un tribunal de hidalgos se convirtiese en máximo órgano de arbitraje en los pleitos feudales; como prueba de su buena voluntad (y también de sus prisas), el monarca también renunció a aplicar el Fuero Real, dejando que las ciudades regresasen a guiarse por sus antiguos fueros. Pero la actitud de la nobleza continuó impasible: decididos a llegar hasta el final, proclamaron a los cuatro vientos su decisión de desnaturalizarse del reino, esto es, de renunciar al vínculo vasallático al que estaban obligados hacia el rey de Castilla y a buscar un nuevo monarca a quien servir, dentro de la teoría clásica del feudalismo. Después de buscar apoyos en Navarra, finalmente se decidieron por establecerse en Granada, al servicio de Muhammad I, lo que además constituía una flagrante traición. Por ello, el clima de guerra fue creciendo cada vez más y sólo la intervención de la reina Violante y las amenazas de una acción conjunta de Alfonso X y Jaime I sobre el reino de Granada hicieron desistir a todos los implicados de lanzarse a una guerra. La paz firmada en Granada en diciembre de 1273 supuso, a la vez, una tregua entre Castilla y Granada, la calma entre Alfonso X y su nobleza, pero también la claudicación de gran parte del proyecto político alfonsí al dejar de aplicarse las normativas propugnadas por el monarca. La sociedad todavía no estaba dispuesta a tamaña demostración de autoritarismo regio, de ahí que habitualmente se presente al Rey Sabio como un adelantado a su tiempo. Y, desde luego, en el caso castellano, así lo es, pues todas las conquistas posteriores de la monarquía con respecto a la elevación de su autoridad en detrimento de nobleza, ciudades y Cortes se debe al sustento legítimo de la legislación alfonsí.

De vuelta a Castilla tras la frustración definitiva del sueño imperial, en el año 1275 una nueva desgracia aconteció a Alfonso X: el comienzo de la invasión del sur de España por una dinastía beréber, los meriníes o benimerines, quienes, considerándose herederos del poderío almohade en el sur y con la ayuda de Muhammad II, nuevo rey de Granada, intentaron aprovechar todos los síntomas de debilidad que ofrecía el gobierno de Alfonso X. Hacia primeros de mayo Vejer y Jerez de la Frontera fueron víctimas de saqueos, lo que movió al rey a enviar tropas hacia Sevilla al mando de su hijo ilegítimo, Alfonso Fernández el Niño, al tiempo que comenzaba una movilización a gran escala que, en teoría, iba a ser dirigida por el infante heredero, don Fernando de la Cerda. Pero éste falleció en octubre de 1275, cuando se encontraba en Ciudad Real preparando a sus tropas. La muerte del heredero abría otra nueva brecha en la carrera por la sucesión del trono que supo hábilmente aprovechar su hermano, el infante don Sancho (futuro Sancho IV), que pese a su corta edad se hizo cargo de la defensa de la frontera y gracias a sus hábitos militares pudo forzar la retirada de Abú Yusuf, comandante benimerí, en enero de 1276. A pesar de que Jaime I, suegro de Alfonso X, envió un ejército aragonés para ayudar a su yerno, en 1277 Abú Yusuf volvería a desembarcar en Tarifa para llevar a cabo devastadoras campañas en las zonas de Sevilla, Córdoba y Jaén. Alfonso X decidió llevar personalmente las riendas de la defensa, intentando virar el destino de la invasión, pero la superioridad militar de los benimerines, tanto táctica como cuantitativa, destrozó las esperanzas cristianas. Con el hundimiento de todos los buques de la armada castellana en Algeciras, en el año 1278, Abú Yusuf inflingió un severísimo castigo al antaño poderoso ejército de Alfonso X, con lo que el monarca, tremendamente desmoralizado y con las arcas del reino exhaustas, se apresuró a solicitar una tregua, que se firmó en 1279. Un año más tarde de esta firma, el Rey Sabio volvió a atacar el reino de Granada, con la ayuda de las órdenes militares y, sobre todo, de su hijo, el infante don Sancho, que llevó la dirección de la empresa por una indisposición del monarca. A pesar de triunfar en Moclín, el 23 de junio de 1280, la campaña no dio los resultados apetecidos. A Alfonso X comenzaban a pesarle demasiado los sueños rotos: el imperio, las tierras antaño conquistadas por él y por su padre en manos de musulmanes otra vez, la destrucción de la flota en Algeciras y, con ella, la imposibilidad de llevar a cabo la cruzada contra el norte de África...
 

Los últimos años: la guerra civil

En 1281, Alfonso X reanudó el hostigamiento contra Granada. El grueso de las tropas, dirigidas por él mismo, por el infante don Sancho y por Alfonso Fernández el Niño, devastó gran parte del poderío nazarí, lo que obligó a Muhammad II a firmar una tregua ventajosa, en la que todas las fortalezas y castillos de la frontera pasaron a manos castellanas. Si Alfonso X no pudo recuperar los territorios ocupados por los benimerines, al menos pudo diseñar una estrategia de defensa fronteriza para evitar males mayores. En el otoño de 1281, la convocatoria de Cortes en Sevilla parecía asegurar la estabilidad interna de un reino que había estado a escasa distancia del caos. Pero entonces surgió la querella sucesoria, ya que la muerte antes mencionada del infante Fernando de la Cerda precipitó una gran tensión en el seno de la corte por conocer cuál sería el heredero del trono. A finales de esas mismas Cortes, Alfonso X mantuvo una entrevista con el infante don Sancho, con el fin de salvaguardar los derechos sucesorios del infante Alfonso de la Cerda, hijo del finado Fernando y nieto del monarca. La intención del Rey Sabio era la de ceder a su nieto el reino de Jaén y salvaguardad así unos derechos sucesorios que, legalmente, según lo estipulado en Las Partidas, pertenecían a los hijos del fallecido infante. Sin embargo, el carácter hosco del infante don Sancho se manifestó en toda su plenitud, enfureciéndose con su padre pues, según él, le correspondían los derechos sucesorios en virtud del derecho tradicional. Cabe decir que don Sancho, merced a sus intervenciones militares antes vistas y también por el papel desempeñado como cabeza visible del gobierno de Castilla durante las continuas ausencias de su padre, se había ganado el respeto de toda la nobleza del reino, lo que contaba a su favor. Incluso en las cortes de 1276 (Burgos) y de 1278 (Segovia), había sido declarado oficialmente herededo, lo que chocaba con las intenciones del rey Felipe III, tío de los infantes de la Cerda, que presionaba a Alfonso X e incluso lo amenazaba con invasiones y guerras en caso de no nombrar a su sobrino como heredero.

Sancho, que sería apodado el Bravo con posterioridad, fue hábil para aprovechar de la impopularidad de su padre, factor que se agudizó con la petición en las Cortes de 1281 de una nueva emisión de moneda. El infante aparecía ante concejos y nobleza como el defensor de las tradiciones de Castilla, como el hombre que podía acabar con la crisis agudizada. Así, el Rey Sabio tuvo que convivir durante sus últimos años con una guerra civil en la que su propio hijo, don Sancho, su propia esposa, la reina Violante, y otros personajes de la familia real, como el infante don Manuel, realizaron una ceremonia en Valladolid, el 21 de abril de 1282, en la que se simuló una deposición figurada de Alfonso X como rey de Castilla y la proclamación de Sancho como nuevo rey. Siglos más tarde, en 1465, idéntico ceremonial fue utilizado por los enemigos de Enrique IV para derrocarle en beneficio de su hermano, Alfonso el Inocente, en la llamada Farsa de Ávila.

Alfonso X todavía intentó jugar algunas bazas, como deposiciones y donaciones de territorios a quienes peleasen a favor de su causa, pero la realidad es que la nobleza de Castilla y el alto clero se encontraba inmersa en un tremendo juego de alianzas y ambigüedades políticas, intentando lograr la máxima recompensa. A pesar de contar con el apoyo exterior del papa, de Inglaterra, de Aragón y de Portugal, la obediencia a Alfonso X se limitaba en 1282 a los reinos de Sevilla y de Murcia, mientras que toda Castilla la Vieja se había pasado al bando de Sancho. Pero muy pronto los infantes don Pedro y don Juan intentaron desvincularse de su hermano y negociar con el reino de León un acuerdo similar al logrado por su hermano, lo que conllevó que poco a poco lloviesen las deserciones de nobles que, previendo la catástrofe, pidieron perdón a Alfonso X y retomaron su lugar en la legitimidad. Con los benimerines ahora actuando a favor del Rey Sabio, el infante Sancho buscó una solución negociada al conflicto en 1283, pero su padre ya había decidido excluirle de la sucesión y maldecirle, como se comprueba en su testamento, redactado en 1284, en el que, en previsión de luchas civiles y pensando en la menor edad de sus nietos, los infantes de la Cerda, declaraba como heredero de Castilla y León nada menos que al rey de Francia, Felipe III, a quien correspondían derechos por línea familiar. En la mente del Rey Sabio, sin duda, estaba el convencimiento de que Felipe III, como tío y tutor de los infantes de la Cerda, administraría el reino hasta la mayoría de edad del infante Alfonso y entonces se cumpliría la legalidad de derechos al trono que revestían a su nieto. Pero en el propio seno de la corte regia estas disposiciones se juzgaban como totalmente disparatadas, de ahí que Sancho el Bravo, conforme al derecho tradicional, apenas tuviese problemas para ser elegido nuevo rey a la muerte de su padre, obviando la disposición testamental y contando con el apoyo de todos los sectores del reino.
 

Muerte y descendencia

La hidropesía, tendencia a la deshidratación y a los desarreglos intestinales, era una enfermedad muy común en la época medieval que Alfonso X había heredado de su padre, Fernando III. Durante los últimos años de su reinado, con todos los acontecimientos en su contra, su dolencia se había agravado hasta causarle la muerte, en Sevilla, el 4 de abril de 1284. Todavía permanece como duda entre los historiadores si es cierto, como indica la Crónica de Alfonso X, que el monarca perdonó a su hijo Sancho en el lecho de muerte, o si (como todo parece indicar), se trata de una idea lanzada por la propaganda afín a su hijo para que le fuese más sencillo heredar el trono. Provisionalmente, fue enterrado en la catedral de Sevilla, debajo del sepulcro de sus padres.

El testamento del Rey Sabio, escrito de su puño y letra, con su hermosa caligrafía y con su gran capacidad prosística, resulta un documento literario de primer orden para conocer el estado de ánimo del monarca y cómo veía el transcurrir de su vida en el mismo momento en que ésta terminaba. Dejando de lado las cláusulas sobre la herencia del reino, Alfonso X se muestra como el idealista cristiano que era: su gran intención, de haber sido coronado emperador, era la de recuperar los Santos Lugares para orgullo de la cristiandad, razón por la cual eligió que su cuerpo fuese enterrado en la parte de sus reinos más cercana al Santo Sepulcro, es decir, en el reino de Murcia. Asimismo, encargó a frey Juan Fernández, maestre de la orden templaria en Castilla, que se encargase de trasladar su corazón para que fuese enterrado en el Monte Calvario de Jerusalén, para que allí hallase el reposo necesario. A pesar de los reveses, la defensa de los ideales que él creía correctos seguían manteniendo su espíritu por encima de todo.

Además de la descendencia tenida en su matrimonio con Violante de Aragón, el monarca dejó varios hijos ilegítimos. Tal vez por ser la primera, Alfonso X siempre guardó un especial cariño a la princesa Beatriz, futura reina de Portugal, habida en la relación sentimental que el rey, cuando era infante, mantuvo con doña Mayor Guillén, hija de Guillén Pérez de Guzmán, uno de los magnates del reino. Además de otra hija, llamada Berenguela, abadesa del convento burgalés de Las Huelgas, hay que destacar como hijo ilegítimo del monarca al ya citado Alfonso Fernández el Niño, que tantos servicios prestó a su padre como capitán de tropas militares. Cabe decir que, salvo el infante Fernando de la Cerda, al que su muerte prematura privó de la herencia del reino, los hijos legítimos del monarca, los infantes Sancho, Pedro y Juan, no crearon al monarca más que problemas, de ahí que se aprecie un mayor reconocimiento del Rey Sabio hacia sus hijos ilegítimos.

Resulta complicado realizar una valoración somera de la figura política de Alfonso X, por todo lo que ésta conlleva. A modo de breve corolario, las palabras del maestro M. González Jiménez sirven como excelente síntesis de la importancia de Alfonso X en la historia española y euroepa:

Con su muerte desaparecía el más Sabio y el más universal de nuestros reyes medievales; también, el menos comprendido en su tiempo y el más desgraciado. La historia, sin embargo, ha reivindicado la figura de este "monarca polifacético y, a la vez, contradictorio", cuyo reinado y obra han despertado y despiertan el interés de los especialistas tanto de la historia general como de la historia de la literatura, de la lengua, del derecho, de la ciencia o de la música. Por todo ello, y a pesar del final amargo de un rey que, en expresión feliz de Ballesteros, "se adelantó a su tiempo", el reinado de Alfonso X marca, desde muchos puntos de vista, un momento excepcional de la historia no sólo de Castilla y León, sino de Europa entera.
(González Jiménez, op. cit., p. 155).
 

Obra

En lo que realmente sobresalió su reinado fue en su extraordinaria labor científica y cultural. Esto fue debido al desarrollo incipiente de la joven cultura occidental, en su expresión castellana. Se considera a Alfonso X el fundador de la prosa castellana y el primer historiador que adopta una visión moderna de la ciencia histórica. Organizó el estudio de diferentes ámbitos del conocimiento: Leyes, Historia, Ciencia, y Artes Recreativas en los tres centros culturales de su reino: Toledo, Sevilla y Murcia, con la colaboración de un equipo de traductores, compiladores y autores originales. Durante esta labor se encargó de recoger y supervisar la documentación manejada por este grupo de colaboradores por lo que, a pesar de ser una tarea de equipo, destacó en ella su estilo personal.

Además de protector de las artes y el saber, cultivó como ningún otro el ideal del imperator litteratus. Constituye el gran baluarte de las letras medievales castellanas en su época más temprana, por su interés en ennoblecer la lengua vernácula, el castellano, y dotarla de valor literario y poder como transmisora de cultura, en detrimento de la lengua latina. Asimismo, intentó lograr la paz dentro de las fronteras de sus reinos castellano y leonés y dotar a sus posesiones de códigos legales avanzados. Por otro lado, en el terreno de la política europea, optó a la corona imperial. Junto a ello, destaca la colaboración que procuró entre las tres culturas de la España medieval (cristiana, árabe y judía), que se fraguó en los trabajos de traducción y redacción de su scriptorium, que fue la continuación de ese fenómeno cultural que denominamos Escuela de Traductores de Toledo, extendiéndola a Sevilla y Murcia.

Los hechos históricos más importantes de su reinado (al que accedió en 1252) son su labor en el proceso de reconquista, con la incorporación de Murcia a sus tierras, la firma del tratado de Almizra, la toma de Jerez, del reino de Niebla y de Cádiz, así como sus aspiraciones al imperio romano-germánico, que, desde 1256 hasta 1275 (fecha de su renuncia al mismo ante Gregorio X) le ocasionaron la enemistad de la nobleza castellana y, finalmente, la lucha con su propio hijo Sancho, futuro Sancho IV.

La obra de Alfonso X se organiza como un gran corpus dotado de pretensiones enciclopédicas y subordinado a su dimensión histórica española y europea. En él las obras históricas nacen con el intento de recuperar, en parte, el pasado hispano, en especial el visigodo, y de asentar las bases de autoridad sobre las que desplegar sus demandas a la corona imperial. Las obras jurídicas se explican dentro de su perfil hispánico, como baluartes de la paz y unidad nacionales. Sus obras científicas y didácaticas se articulan como integradoras de las culturas de la Península Ibérica. Su obra lírica rinde tributo a Dios por mediación de la Virgen María, insertando su mundo histórico de saber y actuación política en el marco apropiado de la religiosidad y la devoción medievales.

Las dos obras históricas alfonsíes son la Estoria de España y la General Estoria. El proyecto de la Estoria de España parece haber recibido atención prioritaria por parte del monarca desde 1270 hasta 1275, pero al llegar a su capítulo 616 lo abandonó; no obstante, su scriptorium continuó compilando y añadiendo materiales. En la Biblioteca de El Escorial se conserva un manuscrito, E1, que recoge hasta el capítulo 565. La Estoria, hasta el capítulo 616, abarcaba desde la historia romana hasta el reinado de Alfonso II el Casto, y es la parte considerada generalmente como alfonsí; no obstante, es la segunda parte la que con más frecuencia ha atraído la atención de la crítica, pues es en ella donde aparecen los cantares de gesta prosificados que tan importantes son para conocer nuestra épica castellana medieval. El problema de las dos versiones de la leyenda de Bernardo del Carpio, asunto que se relataba en el capítulo 616, se solucionó de dos modos diferentes, dando origen a la versión regia y la versión vulgar.

La primera, realizada en tiempo de Sancho IV, también se denomina Versión amplificada de 1289, y se recoge en un manuscrito lujoso denominado E2; la segunda, dividida en otros cuatro manuscritos y extendida a lo largo de otros casi doscientos capítulos, fue utilizada para la creación de las crónicas generales del siglo XIV (Crónica de tres reyes, Crónica de veinte reyes, etc.). Alfonso X se sirve del Toledano, el Tudense, crónicas latinas, leyendas, historiadores y poetas clásicos, historiadores árabes y cantares de gesta épicos que se prosificaron en la redacción. La General Estoria se incia en 1272. Las pretensiones europeístas alfonsíes hacen que el proyecto de la historia española se abandone en detrimento de esta nueva empresa; en ella se relata la historia del mundo, dividiéndola en seis edades, según el modelo de los Cánones de Eusebio de Cesarea, revisados por San Jerónimo. Incluye los hechos de Egipto, Asiria, de los reyes de Inglaterra, de Babilonia, Media, Persia, Egipto, Grecia, Roma y la historia de España anterior al nacimiento de Cristo. La quinta parte está incompleta, así como la sexta, sólo pergeñada, y que hubiera llegado hasta los padres de la virgen María. La historia bíblica, G. de Monmouth, Lucano y Ovidio son parte de las influencias que se observan en la obra, concebida como un conjunto orgánico y enciclopédico.

Alfonso X el Sabio: Loor de España.

La obra jurídica alfonsí se inspira en el deseo de lograr la paz y unidad nacionales y, como la histórica, está redactada en romance. La primera obra emprendida por Alfonso fue el Setenario, comenzado a ruegos de su padre Fernando III y concluido cuando ya era rey. El libro, con rasgos claramente enciclopédicos, se estructura con acuerdo al patrón del número siete y aborda numerosas materias de tipo eclesiástico. A ella siguió el Fuero real (redactado hacia 1255), única obra legal que llegó a promulgarse en vida del monarca y que cuenta con una riquísima tradición manuscrita por haberse otorgado a múltiples lugares; el propósito del monarca era aquí el de abolir, mediante una única obra, la multitud de fueros legales particulares castellanos y leoneses.

Fuero Real de Alfonso X el Sabio.

El Espéculo ha hecho dudar a la crítica si se trata de una borrador de las Siete Partidas o de una obra posterior a ésta. Aunque fue enviado a todas las ciudades para que lo usaran, no se promulgó nunca en vida del monarca. Sin duda alguna, la obra jurídica de mayor importancia de Alfonso X son las Siete Partidas, concebida como un tratado de derecho civil, penal y eclesiástico que regula todos los aspectos del vivir nacional; de la redacción vernácula, Alfonso pensaba pasar a una versión en latín para todos sus súbditos de Europa, algo que nunca tendría lugar al frustrarse sus aspiraciones al imperio romano-germánico. Las Partidas fueron sancionadas definitivamente por Alfonso XI en el Ordenamiento de Alcalá de Henares de 1348; desde ese momento, y en aquellas materias que sólo en este cuerpo legal se trataban, se usó comúnmente, se estudió en profundidad y se glosó. Especial fama tuvo, por sus títulos sobre los caballeros y el arte militar, la Segunda Partida.

Las Siete Partidas. Alfonso X. (Edic. de 1528).

Junto a la obra histórica y jurídica, Alfonso X fomentó la traducción de libros astronómicos y astrológicos, en especial de procedencia árabe y judía, traducidos por lo general al latín y de esta lengua al castellano. Entre éstos pueden citarse los Libros del saber de astronomía y los cuatro libros astrológicos, el Libro de las cruzes, el Libro conplido en los iudizios de las estrellas, el Libro del cuadrante señero y el Picatrix, en los que se mezclan enseñanzas astronómicas, cabalísticas, virtudes de las piedras, etc. Parecido al último título citado, cuyo original árabe parece remontar al siglo XI, es el Lapidario, obra de Yehuda Mosca, incluye hasta cincuenta dibujos que representan figuras de animales zodiacales; en éste, la astrología aparece claramente ligada a la ciencia de las piedras y la medicina, algo propio de aquel momento. Como en el caso de las obras históricas y líricas, es difícil imaginar cuál fue la participación autorial del monarca en estas empresas. La crítica ha aceptado que su labor se redujo, en la mayoría de las ocasiones, a la de organizador, director e inspirador del trabajo. Sin embargo, su participación en los prólogos de las obras mencionadas parece más personal.

Libro del Saber de Astronomía. Alfonso X, el Sabio.

Entre las obras recreativas que se escribieron por mediación de Alfonso X, destaca el Libro del axedrez, dados e tablas, en la que el monarca posiblemente participó de modo personal y que recoge el simbolismo de las figuras y movimientos del ajedrez, de origen árabe. También vertió al castellano un tratado cinegético árabe: el Libro de los animales que caçan, cuyo bello y temprano manuscrito principal fue adquirido por la Biblioteca Nacional de Madrid en 1984. También algunas obras didácticas fueron animadas por el Rey Sabio, la más importante de las cuales es el Calila e Dimna, una labor llevada a cabo cuando aún era príncipe; desconocemos el grado de relación que pudo tener con obras que fueron igualmente preparadas durante el reinado de su padre, como diversas obras encargadas por el monarca a Juan Gil de Zamora, entre ellas un Ars musica, obras históricas y una colección de milagros de la Virgen María; además, a Alfonso X se le debe el encargo de las vidas de santos compiladas por Bernardo de Brihuega.

"Cantiga". Alfonso X el Sabio.

La obra literaria del monarca sabio no sólo se reduce a la prosa sino que también abarca la poesía. En este caso, siguiendo la moda de la época, su producción lírica se escribe en gallego-portugués. Las Cantigas de Santa María es una obra de colaboración pero con la huella personal y autorial del monarca; constituye un conjunto de 427 poemas, repartidos entre milagros marianos, cantigas amorosas y loores (una de cada diez, en lo que C. Nepaulsingh ha denominado una estructura de rosario) de la Virgen. La crítica ha señalado que el poeta Airas Nunes debió de tener una gran participación en la obra como organizador. Las Cantigas, asimismo, pensadas como un conjunto de 100 composiciones, crecieron en diversas etapas hasta albergar el número de composiciones mencionado desde 1270 hasta 1282. Las formas métricas utilizadas son abundantes, destacando entre ellas el uso del villancico. Los cuatro manuscritos que han conservado la obra (entre los que destaca el códice rico) nos han transmitido la música de muchas de ellas. Igualmente, estos manuscritos nos han transmitido las miniaturas que acompañaban a estas composiciones líricas, obra primorosa de la iluminación medieval.

Cántigas de Santa María. Alfonso X, el Sabio.

Con el cuerpo de obras que acabamos de revisar, Menéndez Pidal habla de dos épocas de creación: la primera (1250-1260), volcada a la traducción, mientras la segunda (1269-1284) corresponde a las obras originales, como sus dos crónicas o las Cantigas de Santa María. En esta última fase, y especialmente en su obra poética, se cree que participó más activamente el Rey Sabio, aunque por regla general su actuación se limitase a las tareas indicadas en un célebre pasaje de la General Estoria: "así como dixiemos nos muchas vezes, el rey faze un libro, non por que'l él escriua con sus manos, mas porque compone las razones dél, e las enmienda e yegua e enderesça, e muestra la manera de cómo se deuen fazer, e de sí escriue las qui él manda; pero por esto dezimos por esta razón que él faze el libro". Como quiera que sea, la empresa cultural alfonsí no resiste parangón en el siglo XIII peninsular, pues es el mensajero de un despertar cultural que continuaría, a pesar de las ideas heredadas, durante el reinado de Sancho IV.

Miniatura de un ejemplar de las Cantigas, de Alfonso X El Sabio (Códice T-I-1 de la Biblioteca de El Escorial).
 

Aspectos musicales

En el terreno musical creó la cátedra de música de la Universidad de Salamanca (1254) y fue protector y admirador de muchos trovadores, como Bonifacio Calvo, Guiraut, Riquier o Guillén de Cervera. Rey de un territorio donde convivían cristianos, judíos y musulmanes, Alfonso X, a diferencia de la gran mayoría de monarcas europeos de la época, protegió las herencias culturales de todas las culturas. El resultado musical más importante de estos esfuerzos fueron las Cantigas de Santa María, una compilación de 428 obras, la mayoría escritas en gallego, de las que se sabe que el rey compuso varias personalmente.

En esta obra se aúnan con brillantez las influencias romanas, visigóticas, árabes, hebreas y trovadorescas, se consiguen importantes innovaciones y constituye, en general, una de las obras principales de la Edad Media europea. Comprenden melodías gregorianas cantadas en lengua vulgar, motetes latinos cantados polifónicamente y su parte más importante procede directamente del folclore tradicional de los diferentes pueblos del reino de Castilla. Otras son directamente innovaciones de Alfonso X y su equipo de compositores. La influencia de esta compilación sobre la música medieval europea fue muy grande. Han inspirado incluso obras de compositores actuales como Julián Orbón y Mauricio Ohana.


AUTOR: Óscar Perea Rodríguez; Ángel Gómez Moreno
FUENTE: Texto extraido de http://www.mcnbiografias.com 

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